¿Cual es el poder de la oración intecesora?
¿QUÉ ES LA INTERCESIÓN?
Con frecuencia usamos la palabra “intercesión” como sinónimo de “oración”. En las conversaciones comunes y corrientes es aceptable, pero no cuando la usamos técnicamente. La oración, en sentido general, significa hablarle a Dios, derramar el alma a Dios. La intercesión es allegarse a Dios a favor de otro. Toda intercesión es una oración, pero no toda oración es una intercesión. La palabra “intercesión” se deriva del latín (inter), que significa “entre” y (cedere), que significa “salir”. Luego intercesión implica entremeterse o ponerse en la brecha. El Señor dice a través del profeta Ezequiel: “Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé” (Ezequiel 22:30). Esta es una clara referencia a la intercesión.
Teológicamente hablando: “La intercesión son los ruegos de la persona que, a la vista de Dios, tiene el derecho de hacerlo para obtener misericordia por el que se encuentra en necesidad”. En otras palabras, la intercesión es presentarse delante de Dios en oración a favor de otra persona. Por tanto, no es ejecutar una simple oración, sino luchar en oración. El poder de la oración “Nada hay más poderoso que la oración; nada puede compararse con ella”. (Juan Crisóstomo)
A través de la oración intercesora de Abraham, Abimelec y su familia fueron sanados (Gn. 20: 17). Las fervorosas súplicas de Ana obtuvieron como respuesta el nacimiento del hijo insistentemente pedido (1 S. 1:10). En contestación al clamor de Elías, Dios le concedió una resonante victoria sobre el baalismo (1 R. 18:36), y fueron las oraciones del mismo profeta las que influyeron decisivamente en la sequía y en la lluvia (Stg. 5:17, 18).3 Por tal razón, podríamos seguir mostrando ejemplos de otros siervos y siervas de Dios que han dedicado sus vidas a la práctica de la oración intercesora, de las cuales, se han visto grandes resultados. Esto nos debe motivar a practicar una vida de oración intercesora.
Si hubiera algo de lo que podríamos sentirnos orgullosos es que podamos observar las grandes maravillas que Dios va a realizar en otras personas, por medio de nuestras intercesiones y también en nosotros. (Aunque no todos los pasajes citados arriba tienen relación directa con la intercesión, sí sirven para mostrar el poder de la oración.)
Separados de Dios quedamos indefensos delante de Satanás, pero unidos a Dios no hay razón para temerle al diablo. En Efesios 6:10-18, Pablo nos indica no sólo la armadura que debemos ponernos sino las armas ofensivas, o sea, la espada del Espiritu “que es la Palabra de Dios” y la oración “en el Espíritu” que debemos empujar.
Demasiados siervos de Dios se han metido tanto en la guerra espiritual, que han descuidado la armadura divina y han engrosado la lista de bajas en la lucha. Es necesario que tengamos presente la forma cómo debemos enfrentar a Satanás, practicando una vida de oración intercesora.
Paguemos el precio de un intercesor
La gracia de Dios es completamente gratuita, pero si queremos ministrar esta gracia a otros, esto tiene un precio: morir a nuestra autosuficiencia (2 Corintios 1:8-11). Tenemos que identificarnos totalmente con el objeto de nuestra intercesión así como lo hicieron Moisés (Éxodo 32:32), Pablo (Romanos 9:3) y Cristo mismo (Isaías 53:12). El báculo de Elías en manos de Giezi no ayudó al hijo de la Sunamita. Sólo la intercesión comprometida de Elías le pudo dar vida (2 Reyes 4:29-37).
Existe el peligro de confiar en báculos, técnicas y la experiencia, en vez de una costosa dedicación hacia liberaciones verdaderas y eternas. Es fundamental que el intercesor se comprometa con el objeto de su intercesión delante de Dios, porque en realidad el que intercede en oración a favor de otro, está luchando en el mundo espiritual para buscar un beneficio en el mundo natural de parte de Dios, para el bienestar de dicha persona.